
DOS HOMBRES Y UNA MUJER.
El cuerpo dibujado es una pista
de musculosa fibra inexistente,
la lúgubre mentira relicta a la intemperie
del tacto, del olfato y de la lengua.
Si hay dos hombres capaces de mirarnos
en el temible espacio de una imagen,
la hora nihilista se suspende,
y en su abrazo gratuito inexplicable,
nos queda un vértigo, que es melancolía inquieta.
Bien sé que el contorno de una mujer desdichada
se parece a Dios en lo difuso de la idea.
Por eso ella está oculta,
tras los hombres.
Rafael la percibe entre sus venas,
por la mirada esquiva de los lobos
de anatomía exacta en su equilibrio,
y nos la niega.
Y sé, por deber ser de normativa,
que el Arte en su flaqueza y sincronismo
dominará algún día, el persistente
enjambre de soledad en los lienzos,
dominará la vida como soles
de centros planetarios redimidos,
condenando con lápices y tintas,
al infame patrón de la vereda.


